
- ¿Dónde vamos mami? – Los expresivos ojos negros de la niña tratan de escrutar el familiar rostro de su madre, para entender porqué está disgustada con ella.
- Ya te lo he explicado, vamos al templo – La mujer fuerza una sonrisa amable con la que trata de ocultar a la pequeña el acceso de lágrimas que punga por salir.
- Pero es que yo no quiero – Replica obstinada – Estaba jugando con Amdrath y Sother.
- Lo se hija mía – La ronca voz de su padre provoca un escalofrío en las dos, madre e hija, cuando este, sale de detrás de unas cortinas de lino tintado en turquesa. – Pero es preciso que vayamos hoy sin falta – su semblante serio, lleno de pesar zanja las protestas de la niña. – Shubba ya tiene presto el carro, y los demás esclavos están esperando a que partamos al templo de Derketo, Nefarank trae a nuestra hija, no me importa lo que esperen los esclavos, pero a Akenra – el mero nombre de ese ser milenario provoca estremecimiento en todos los presentes – a ese no me atrevo a disgustarle más aún de lo que ya lo he molestado.
Sin darse cuenta, la infante se abraza con fuerza a la pierna de su progenitora, ya ya no aguanta más la pena, y no trata de disimularla.
Momentos después, la comitiva sale de las murallas de la estupenda mansión urbana de la familia Ibsundek, en dirección al barrio de los templos de Luxur. Soldados montados, esclavos de diversas razas, y siervos preceden al carro de paseo de la familia. Nefarank aprieta con firmeza a su vástaga contra si. Pronto se hallan frente al imponente Templo de Derketo. El pasillo formado por sendas hileras de lascivos carneros de piedra, lleva hasta una puerta en la fachada, de más de 6 metros de altura, está flanquetada por cuatro hieráticas figuras de cuerpo humano y cabeza de cabra, los guardianes del templo, titanes pétreos de atributos prominentes. Entonces las pesadas puertas de bronce chirrían, provocando un respingo en la pequeña. Cuatro esclavos kushitas emergen de la oscuridad, taparrabos, cofia de lino, escudo y kopesh de bronce, flanqueando a dos mujeres, desnudas salvo por el tocado de plumas de avestruz y los diversos adornos de oro y joyas. Una, joven, apenas 8 años mayor que la chiquilla, la otra, aunque mayor que cualquiera de los presentes, ostenta una belleza y uana lujuria al caminar aún llamativas.
- Ya podéis marcharos – anuncia esta última, sin asomo de cortesía.
- Sí – replica la joven – desde aquí sólo los miembros del culto pueden pasar
En ese momento Nefarank se arrodilla junto a su pequeña hija, con lágrimas en los ojos – no, no puedo dejar que os la quedéis, no, no, no puedo permitirlo, marido haz algo.
Y para su sorpresa lo hizo, con un terrible bofetón que la tendió en el suelo logró separar a madre e hija. Dolor en los ojos de su esposo fue lo último que vio antes de desmayarse.
- ¿Por qué has pegado a mamá? – las lágrimas corren veloces por sus mejillas.
Los cuatro negros se acercan a la rota familia, dos sujetan si delicadeza el cuerpo derrengado de Nefarank y los otros dos agarran a la niña para evitar que corra tras sus padres. La incomprensión producto de la inocencia infantil aflora en los húmedos y brillantes ojos, que silenciosamente preguntan “¿por qué?”.
- Ven pequeña hermana – dice con falsa dulzura la meretriz de catorce años.
- Yo no tengo hermanas – Replica con obstinación – sólo dos hermanos, Amdrath y Sother.
- Ellos ya no son nada tuyo- esta vez quien habla con dureza no disimulada es la mayor de las dos- ahora tu familia es el templo, y cuanto antes lo aprendas mejor para ti.
- No quiero, eres mala, fea y vieja y… - con un sonoro tortazo la joven sesga la pueril retahíla.
- ¡No oses insultar a Ananksamoreth! Niña desvergonzada, tu insolencia te costará cara.
Esa fue la última vez que lloró.
Con amabilidad no carente de brutalidad, los musculosos guardias de ébano guían a la novicia al interior del templo. Atraviesan, precedidos por las dos mujeres, hasta tres estancias llenas de columnas. Algunas iluminadas por ventanales en las paredes y otras con amplios espacios abiertos en los techos, que permiten ver obscenos bajorrelieves policromados en vivos colores, representando primero, sólo hombres y mujeres practicando actos canales, procreando, después buscando sólo el placer, después horribles escenas con animales, entre personas del mismo sexo, diablos con ambas sexualidades en un solo cuerpo, y criaturas salidas de los infiernos. Casa escena encabezada por las bendiciones de Derketo. Por fin, la última estancia. Puertas de alabastro pulido. Negra iluminada sólo por una vela en el centro, que con su luz titilante, proyecta sombras fugaces entre los recovecos de la estancia. Los negros fuerzan a la niña para que entre, esta no opone resistencia. Casi paralizada por el pánico no se percata de que las puertas se cierran tras ella. Hace lo único que le parece lógico, acercarse deprisa a lo seguro, a la luz de la vela, aquello que la protege de la oscuridad reinante. Pero, nada más poner un pie en el estrado, el último sueño de protección se apaga. Entonces lo nota, vívidamente, ya no es una sensación de miedo, es el terror primigenio, sabe que el mal está en esa misma habitación. Algo cerca de su cabeza olisquea como un perro de presa, no puede moverse, la orina forma un reguero. Una risotada reverbera en su cabeza.
- Jajajajajajajaaaaah, no temas pequeña Nefer, ya estás en casa, jajajajajajajaja – La crueldad de esa voz le hace perder el conocimiento – Jajajajajaja… Nefer… Nefer…. Nefffeeeerrrrrrrrr….
- Nefer, Nefer… despierta Nefer – Una voz dulce y masculina le despierta de su agitado sopor.
Con la duda y el terror aún es su rostro mira sus manos y su cuerpo. Vuelve a ser una voluptuosa bailarina adulta. Con el miedo aún en la voz se gira hacia aquel que la ha salvado de seguir reviviendo la pesadilla.
- Oh, Shuzhar, eres tú – Se abalanza a sus brazos y empieza a besar su barbudo rosto.
- Nefer, mi amada Nefer – el aguileño rostro del shemita se sonroja de pasión y deseo- ya te he dicho que aquí en Arenjún ese maldito demonio estigio no nos encontrará.
- Mi amado, cuantas veces te he dicho que aquel que copula con criaturas de más allá de la oscuridad puede llegar a cualquier rincón del universo- el escalofrío de terror es evidente – Siguiéndote hasta aquí nos hemos condenado ambos.
Tratando de no revelar el miedo que atenaza su corazón, el joven Shuzhar mesa la negra melena de cabellos finos y negros de muchacha. – Por Ishtar mujer, no crees que fue un designio divino que asaltáramos aquella caravana para poder encontrarte y salvarte de esos malvados, ¿quién va a saber más, Ishtar o ese diablo encerrado en su templo?
- Puede que tengas razón, después de todo ya han pasado dos meses y aún no han mandado a nadie en mi busca.
Con un ardiente beso de pasión desesperada se zanja la discusión.
- Mejor será que descanses mujer amada, esta noche te espera otra dura actuación, enguanto hayamos ganado suficiente nos marcharemos de esta infecta ciudad. He oído a unos comerciantes del oeste, que en el borde occidental del reino que llaman Aquilonia hay toda una tierra de oportunidades donde seremos felices juntos.
- Sí mi amado, y ahora déjame descansar un poco más. Y se despiden con un beso.
“Estúpido Shuzhar, ¿de verdad crees que podremos escapar de mi esposo? Él nos encontrará y nos matará, a mí por escaparme y a ti por estúpido ignorante, ¿cómo crees que llegó a oídos de de tu banda de indeseables que la caravana de bailarinas y joyas iba a pasar por esa ruta? Mucho me ha costado librarme del yugo del templo de Derketo para irme ahora a vivir como una granjera en un pueblucho de esos bárbaros hyborios.” Su rostro de transforma en una máscara de desprecio, capaz de helar la sangre. “No te inquietes mi “amado”, cuando hayamos reunido suficiente podrás irte donde desees, pero sin mí.”