
Cuando cae la noche en las atestadas calles de Arenjun, los más inteligentes y los afortunados que prefieren la vida tranquila y larga corren a refugiarse en hogares con paredes gruesas y puertas recias. Pero aquellos que no tienen la suerte de disfrutar de un brillante cerebro, o de poseer cuatro paredes y un techo al que llamar hogar, no tienen más remedio que apretujarse en las no mucho menos peligrosas tabernas y posadas del Maul de la ciudad de los ladrones.
Los guardias de caravanas y los salteadores que tan sólo unas horas antes se enfrentaban a vida o muerte por las mercancías y los viajeros que trataban de llegar a la ciudad, beben y cantan en los mismos salones, como si de viejos amigos se tratase.
- Ven aquí moza – Con la alegría que confiere el vino peleón un joven hiborio con acento y rasgos sureños agarra por la cintura a una desvergonzada moza de taberna, que corretea entre los clientes, medio desnuda, lanzando miradas llenas de promesas y ofreciendo roces cargados de experiencia. – Hoy es día de paga – afirma alegremente – y quiero hartarme de todo lo que me puedas traer.
- Ve con más calma Flavio – le reprocha con una gran sonrisa su compañero, un viejo soldado de caravanas, aún alto y fornido, pelirrubio y barbudo – o no te quedará nada para el resto de la semana.
- ¡Bah! – replica el aludido – he sabido que dentro de dos días parte una expedición al este en busca de jade y seda, pienso alistarme en ella- mientras reafirma sus intenciones con una floritura de su pata de cordero.
- Sí, yo también lo he oído, puede que me apunte, ya me estoy haciendo viejo, y es posible que el exótico este pueda ofrecerme algo más ante de morir.
- ¡No seas agorero Hakkunm! Aún nos quedan muchos bandidos que destripar.
- Jajá jajá, muchacho yo no diría eso muy alto por aquí.
- ¿Por qué no? – Replica este con cara de falsa inocencia - ¿Acaso no estamos en…?
Por un momento el joven Flavio se queda sin palabras, un movimiento, grácil, felino y acerado capta su atención.
– Por todos los diablos del Averno y la sagrada misericordia de Mitra, ¿es esa un ángel o un demonio disfrazado Hakkunm?
El veterano mercenario se gira para deleitarse él también de la fantástica visión de su amigo, esperando encontrar a una belleza zamoria de lascivos movimientos. Su rostro pasó de la alegría a la preocupación de forma instantánea.
- Definitivamente una diablesa con piel de doncella es lo que estas mirando.
- Nunca había visto una morena zamoria tan hermosa como esta.
- Eso es porque esta criatura ha salido de un infierno diferente al de estas rameras descaradas.
- ¿No te entiendo amigo?
- Su acento es del oeste, musical, algo nasal y silbante, sin duda no es zamoria.
- ¿Es que sabes quién es? – Ataja el otro – Has de presentármela amigo mío
- Mejor no, aún eres joven y no sabes ver donde está el peligro. Esa muchacha que ves en tus ojos engañados por el alcohol no es otra que Cuervo Esmeralda, la espadachina de alquiler. Hace dos meses servimos en la misma caravana. Una noche, un gigantón turanio, un individuo brutal y lascivo se emborrachó más de la cuenta y quiso propasarse con ella, y bueno, de un solo movimiento de su espada, esa muchacha lo despojó de su hombría. Unos días después, cuando se le curaron las heridas y bajó la fiebre, el amo de la caravana lo vendió como eunuco a un tratante de Shadizar.
- ¡¡Imposible!! – Exclama Flavio.
- Es cierto amigo yo mismo lo vi…
- No es eso Hakkunm, no ves a esos tres rufianes que le cortan el paso y han empezado a molestarla, imposible que nadie se levante a ayudarla.
- Ah, joven, en el Maul de Arenjun cada uno se mete en sus asuntos.
- Pero ella es una y es mujer – dice mientras se levanta y echa mano al acero – He de ayudarla.
- No te metas Flavio, si lo haces ella no te lo va a agradecer, y yo no voy a involucrarme.
- Haz lo que quieras

- No pongas esa carra, morrenita – dice con marcado acento hiperbóreo el primer gigantón desgarbado, mientras corta el paso a la muchacha. Algunos parroquianos miran con interés, otros con lascivia.
- Sí pequeña, no tengas tanta prrisa y tomate unos trragos con nosotrros – añade el que se encuentra a la izquierda le primero – Dima sólo queirre que pasemos un rrato diverrtido.
- Pues buscaos un par de fulanas gordas y molestadlas a ellas, porque a mí me hace falta algo más que tres bufones castrados para divertirme – Contesta altiva la joven, a pesar de no llegar más alto que la mitad del pecho del más bajo de los tres matones.
- Parrece que la perrrita zamorria quierre jugarr durro – Anuncia el de la derecha mientras, rojo de ira, desenvaina un puñal con asesinas intenciones
- ¡Eh perros miserables! – Envalentonado por el vino, y espoleado por una esperanza de promesas de amor, Flavio trata de interponerse entre los tres hiperbóreos y la joven. Pero su galante intervención se trunca al ser zancallideado por esta última, propiciando que se chocase con el primer agresor y provocando una distracción suficiente para, arrancar risas a los espectadores, y nublar la visión de sus agresores.
Entonces en un rápido movimiento se desplaza a la derecha mientras desenvaina la mortífera hoja que callada y tranquila en su refugio, protesta con un chirrido que pregona muerte. Asiéndola por el mango con ambas manos, la proyecta con letal precisión, cercenando de un tajo yugular y tráquea. Dima cae al suelo entre estertores sin saber qué le ha matado exactamente, si la niña a la que pretendía forzar o la mano vengativa de algún dios extranjero. Furioso por la muerte de su camarada el tercer hombre desenvaina un pesado sable, con el que corta el aire donde antes se encontraba la asesina, esta se revuelve y tras hacer un doble molinete trata de rebanarle la pierna a su adversario, pero este con un movimiento más instintivo que hábil, logra interponer su espada, parando en seco el ataque. Con una risotada, empuja hacia arriba la espada de la joven guerrera y le propina un puntapié en el estómago que la obliga a trastabillar. Con una furia renovada, el matón, que es más de dos cabezas más alto que ella trata de obligarla a retroceder para así disponer de mayor espacio para blandir el pesado sable. Fue un error subestimarla. Al prever esa maniobra, Cuervo bloquea el camino de la hoja del atacante, la desliza sobre la suya propia, y aprovechando la inercia del golpe desarma al atónito hiperbóreo, que queda mirando fijamente la punta de la espada sobre su rostro.
Este momento de distracción, que todos los presentes observan extasiados, se ve roto por sendos golpes y sendos alaridos, uno de ellos mortal. El del puñal, deseoso de clavarlo en alguien, sólo ve como posible objetivo la espalda del atónito Flavio, que ve truncado su intento de piropo a la habilidad de la chica. Al tiempo que la hoja del puñal se dirige a la espalda, sufre una modificación de trayectoria. Por suerte Hakkunm ha faltado a su promesa de no mezclarse, y lanza su hacha de mano, que siempre lleva colgada del cinto, a la cabeza del traicionero hiperbóreo. Por fortuna para Flavio, la hoja resbala sobre el omóplato derecho. El golpe que debía ser asesino queda en una fea herida, pero no mortal.
Con los dos gritos de dolor, Cuervo pierde por un segundo la concentración sobre su “derrotado” oponente. Este se lanza a la desesperada hacia la derecha mientras trata de sacar un puñal del cinto. La muchacha no tiene problemas en esquivar con una doble vuelta el ataque del matón. Y, aprovechando el impulso, cercena la pierna de este por el fémur, haciéndole caer de bruces. Los espantosos chillidos de dolor son piadosamente acallados por otro parroquiano, que, tras limpiar la corta hoja en la sangre del muerto, se agacha a coger una bolsa del cinto del cadáver.
- Me debía dinero – Es su única alegación.
Tras comprobar que la pelea a acabado, Cuervo limpia y envaina la espada, con paso seguro se acerca donde Hakkunm atiende la herida de Flavio, que por el dolor se ha desmayado.
- Hola Hakkunm me alegra verte – dice con una sonrisa poco amigable
- Supongo que yo también muchacha – replica sin dirigirle la mirada
- Cuando tu amigo despierte dile – se interrumpe con un carraspeo, y un rubor pocas veces visto acude a su sudoroso rostro – Dile, que hay pocos hombre tan caballerosos como él, dispuestos a defender a alguien superado en número, sin siquiera conocerle – después añade con más dureza en sus facciones – Espero que sea capaz de aprender de sus errores.
Dicho esto, da media vuelta y se aleja al tiempo que levanta una mano a modo de despedida, caminado como una pantera, saciada de carne y sangre.
Poco a poco, Flavio abre los ojos y pregunta con voz cansada – ¿Qué ha pasado Hakkunm amigo, está muerta?
- No – dice con seriedad, para añadir en tono jovial - ¡Caramba muchacho! Creo que esta ha sido la primera vez que esa chica le ha agradecido algo alguien, bueno a su manera. Jajajá, creo que me equivoqué con ella.
Mientras los amigos se disponen a ir a buscar a un curandero, la normalidad de la taberna regresa con la música, las canciones soeces y la risa descarada de las mujeres. Menos en un rincón, que, oculto parcialmente por las sombras, cuatro hombres, se miran unos a otros como sabuesos que han encontrado el rastro de una presa.
Los guardias de caravanas y los salteadores que tan sólo unas horas antes se enfrentaban a vida o muerte por las mercancías y los viajeros que trataban de llegar a la ciudad, beben y cantan en los mismos salones, como si de viejos amigos se tratase.
- Ven aquí moza – Con la alegría que confiere el vino peleón un joven hiborio con acento y rasgos sureños agarra por la cintura a una desvergonzada moza de taberna, que corretea entre los clientes, medio desnuda, lanzando miradas llenas de promesas y ofreciendo roces cargados de experiencia. – Hoy es día de paga – afirma alegremente – y quiero hartarme de todo lo que me puedas traer.
- Ve con más calma Flavio – le reprocha con una gran sonrisa su compañero, un viejo soldado de caravanas, aún alto y fornido, pelirrubio y barbudo – o no te quedará nada para el resto de la semana.
- ¡Bah! – replica el aludido – he sabido que dentro de dos días parte una expedición al este en busca de jade y seda, pienso alistarme en ella- mientras reafirma sus intenciones con una floritura de su pata de cordero.
- Sí, yo también lo he oído, puede que me apunte, ya me estoy haciendo viejo, y es posible que el exótico este pueda ofrecerme algo más ante de morir.
- ¡No seas agorero Hakkunm! Aún nos quedan muchos bandidos que destripar.
- Jajá jajá, muchacho yo no diría eso muy alto por aquí.
- ¿Por qué no? – Replica este con cara de falsa inocencia - ¿Acaso no estamos en…?
Por un momento el joven Flavio se queda sin palabras, un movimiento, grácil, felino y acerado capta su atención.
– Por todos los diablos del Averno y la sagrada misericordia de Mitra, ¿es esa un ángel o un demonio disfrazado Hakkunm?
El veterano mercenario se gira para deleitarse él también de la fantástica visión de su amigo, esperando encontrar a una belleza zamoria de lascivos movimientos. Su rostro pasó de la alegría a la preocupación de forma instantánea.
- Definitivamente una diablesa con piel de doncella es lo que estas mirando.
- Nunca había visto una morena zamoria tan hermosa como esta.
- Eso es porque esta criatura ha salido de un infierno diferente al de estas rameras descaradas.
- ¿No te entiendo amigo?
- Su acento es del oeste, musical, algo nasal y silbante, sin duda no es zamoria.
- ¿Es que sabes quién es? – Ataja el otro – Has de presentármela amigo mío
- Mejor no, aún eres joven y no sabes ver donde está el peligro. Esa muchacha que ves en tus ojos engañados por el alcohol no es otra que Cuervo Esmeralda, la espadachina de alquiler. Hace dos meses servimos en la misma caravana. Una noche, un gigantón turanio, un individuo brutal y lascivo se emborrachó más de la cuenta y quiso propasarse con ella, y bueno, de un solo movimiento de su espada, esa muchacha lo despojó de su hombría. Unos días después, cuando se le curaron las heridas y bajó la fiebre, el amo de la caravana lo vendió como eunuco a un tratante de Shadizar.
- ¡¡Imposible!! – Exclama Flavio.
- Es cierto amigo yo mismo lo vi…
- No es eso Hakkunm, no ves a esos tres rufianes que le cortan el paso y han empezado a molestarla, imposible que nadie se levante a ayudarla.
- Ah, joven, en el Maul de Arenjun cada uno se mete en sus asuntos.
- Pero ella es una y es mujer – dice mientras se levanta y echa mano al acero – He de ayudarla.
- No te metas Flavio, si lo haces ella no te lo va a agradecer, y yo no voy a involucrarme.
- Haz lo que quieras
- No pongas esa carra, morrenita – dice con marcado acento hiperbóreo el primer gigantón desgarbado, mientras corta el paso a la muchacha. Algunos parroquianos miran con interés, otros con lascivia.
- Sí pequeña, no tengas tanta prrisa y tomate unos trragos con nosotrros – añade el que se encuentra a la izquierda le primero – Dima sólo queirre que pasemos un rrato diverrtido.
- Pues buscaos un par de fulanas gordas y molestadlas a ellas, porque a mí me hace falta algo más que tres bufones castrados para divertirme – Contesta altiva la joven, a pesar de no llegar más alto que la mitad del pecho del más bajo de los tres matones.
- Parrece que la perrrita zamorria quierre jugarr durro – Anuncia el de la derecha mientras, rojo de ira, desenvaina un puñal con asesinas intenciones
- ¡Eh perros miserables! – Envalentonado por el vino, y espoleado por una esperanza de promesas de amor, Flavio trata de interponerse entre los tres hiperbóreos y la joven. Pero su galante intervención se trunca al ser zancallideado por esta última, propiciando que se chocase con el primer agresor y provocando una distracción suficiente para, arrancar risas a los espectadores, y nublar la visión de sus agresores.
Entonces en un rápido movimiento se desplaza a la derecha mientras desenvaina la mortífera hoja que callada y tranquila en su refugio, protesta con un chirrido que pregona muerte. Asiéndola por el mango con ambas manos, la proyecta con letal precisión, cercenando de un tajo yugular y tráquea. Dima cae al suelo entre estertores sin saber qué le ha matado exactamente, si la niña a la que pretendía forzar o la mano vengativa de algún dios extranjero. Furioso por la muerte de su camarada el tercer hombre desenvaina un pesado sable, con el que corta el aire donde antes se encontraba la asesina, esta se revuelve y tras hacer un doble molinete trata de rebanarle la pierna a su adversario, pero este con un movimiento más instintivo que hábil, logra interponer su espada, parando en seco el ataque. Con una risotada, empuja hacia arriba la espada de la joven guerrera y le propina un puntapié en el estómago que la obliga a trastabillar. Con una furia renovada, el matón, que es más de dos cabezas más alto que ella trata de obligarla a retroceder para así disponer de mayor espacio para blandir el pesado sable. Fue un error subestimarla. Al prever esa maniobra, Cuervo bloquea el camino de la hoja del atacante, la desliza sobre la suya propia, y aprovechando la inercia del golpe desarma al atónito hiperbóreo, que queda mirando fijamente la punta de la espada sobre su rostro.
Este momento de distracción, que todos los presentes observan extasiados, se ve roto por sendos golpes y sendos alaridos, uno de ellos mortal. El del puñal, deseoso de clavarlo en alguien, sólo ve como posible objetivo la espalda del atónito Flavio, que ve truncado su intento de piropo a la habilidad de la chica. Al tiempo que la hoja del puñal se dirige a la espalda, sufre una modificación de trayectoria. Por suerte Hakkunm ha faltado a su promesa de no mezclarse, y lanza su hacha de mano, que siempre lleva colgada del cinto, a la cabeza del traicionero hiperbóreo. Por fortuna para Flavio, la hoja resbala sobre el omóplato derecho. El golpe que debía ser asesino queda en una fea herida, pero no mortal.
Con los dos gritos de dolor, Cuervo pierde por un segundo la concentración sobre su “derrotado” oponente. Este se lanza a la desesperada hacia la derecha mientras trata de sacar un puñal del cinto. La muchacha no tiene problemas en esquivar con una doble vuelta el ataque del matón. Y, aprovechando el impulso, cercena la pierna de este por el fémur, haciéndole caer de bruces. Los espantosos chillidos de dolor son piadosamente acallados por otro parroquiano, que, tras limpiar la corta hoja en la sangre del muerto, se agacha a coger una bolsa del cinto del cadáver.
- Me debía dinero – Es su única alegación.
Tras comprobar que la pelea a acabado, Cuervo limpia y envaina la espada, con paso seguro se acerca donde Hakkunm atiende la herida de Flavio, que por el dolor se ha desmayado.
- Hola Hakkunm me alegra verte – dice con una sonrisa poco amigable
- Supongo que yo también muchacha – replica sin dirigirle la mirada
- Cuando tu amigo despierte dile – se interrumpe con un carraspeo, y un rubor pocas veces visto acude a su sudoroso rostro – Dile, que hay pocos hombre tan caballerosos como él, dispuestos a defender a alguien superado en número, sin siquiera conocerle – después añade con más dureza en sus facciones – Espero que sea capaz de aprender de sus errores.
Dicho esto, da media vuelta y se aleja al tiempo que levanta una mano a modo de despedida, caminado como una pantera, saciada de carne y sangre.
Poco a poco, Flavio abre los ojos y pregunta con voz cansada – ¿Qué ha pasado Hakkunm amigo, está muerta?
- No – dice con seriedad, para añadir en tono jovial - ¡Caramba muchacho! Creo que esta ha sido la primera vez que esa chica le ha agradecido algo alguien, bueno a su manera. Jajajá, creo que me equivoqué con ella.
Mientras los amigos se disponen a ir a buscar a un curandero, la normalidad de la taberna regresa con la música, las canciones soeces y la risa descarada de las mujeres. Menos en un rincón, que, oculto parcialmente por las sombras, cuatro hombres, se miran unos a otros como sabuesos que han encontrado el rastro de una presa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario